Other languages with Google Translate

Use Google to automatically translate this website. We take no responsibility for the accuracy of the translation.

Sermon – San Lucas, Bogotá

Sermon 2019-10-20 – San Lucas, Bogotá

Lucas 18:1-8

Cheridos hermanos y hermanas en Kristo,

Estoy esta mañana con ustedes y les traigo cálidos saludos desde la Iglesia Sueca. Quiero también saludarles en nombre de la Federación Luterana Mundial, de la cual soy vicepresidenta de la Región Norte de Europa. Junto con el consejo de la Federación Luterana Mundial estuve aquí y prediqué hace siete años. Gracias porque una vez más tengo la oportunidad de celebrar el culto con ustedes y predicar el evangelio en esta congregación de San Lucas.

Y el texto de este domingo es justamente del evangelio de San Lucas, más precisamente del capítulo dieciocho: la parábola de la viuda y el juez.

Las parábolas son narraciones que deben ser interpretadas y la mayoría de las veces hay más de una interpretación posible. El propio Lucas nos da una clave de interpretación: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar”. Lucas se reviere muchas veces a la necesidad de orar. Él usa la palabra orar más frecuentemente que los otros evangelistas (más de veinte veces, Marcos la usa doce veces, Mateo quince veces- si comparamos con el libro de los Hechos que también lo escribió Lucas, ¡ahí aparece la palabra orar treinta veces!)

Una interpretación común de esta historia sobre la viuda y el juez ha tenido este principio: “de la persona más débil a la más fuerte”. O sea, si aún un juez injusto le da a la viuda insistente lo que ella pide, entonces un Dios amoroso dará a quienes oran día y noche lo que cada uno pide. Esta es una interpretación posible- incluso Lucas parece verlo así. Pero el riesgo de esta interpretación es que Dios finalmente se convierte en una máquina de esas que hay en los casinos: cuanto más seguido tiras de la palanca, mayores son las probabilidades de ganar. Si pides por un tiempo suficientemente largo, entonces caerá por fin la gracia sobre ti. ¿Es esto, y solo esto, lo que Jesús quiere decirnos con esta parábola? ¿Es esta la imagen de Dios que debemos tener?

Quisiera probar interpretar este texto de una forma que yo creo está más en línea con el tono del Evangelio de Lucas en general. Conocemos bien el texto de Navidad de Lucas: como el evangelista nos habla de Dios a través de la vulnerabilidad del pequeño niño que nace en un establo en Belén. Lucas es claro también cuando nos muestra el poder invertido que se ve en la cruz: el poder que se muestra en la debilidad.

Entonces debemos tal vez distanciarnos de comparar a Dios como un juez todopoderoso y arbitrario. Se trata de todas formas de un juez que no es un juez como Dios quiere: Jesús muestra aquí una caricatura de Dios y de la personas. Tal vez los oyentes de Jesús se rieron un rato antes de empezar a discutir el significado de este relato.

Lucas nos dice claramente que el juez de la parábola no teme ni a Dios ni se importa de las personas- una valoración que está de acuerdo con la imagen de sí mismo que tiene el juez: “Aunque ni temo a Dios ni tengo respeto por las personas, sin embargo esta viuda me molesta…”

Los que escuchaban a Jesús sabían que esta forma de pensar del juez era totalmente absurda. Los jueces eran vistos como quienes hacían el trabajo de Dios, juzgaban en el espíritu de Dios. Vivían su llamamiento, hubiera dicho Lutero. Un juez que sigue la voluntad de Dios es como Dios, o sea, “que no hace acepción de personas ni se deja sobornar. El hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero y del da ropa y alimento” (Deuteronomio 10:17-18). El juez del relato es un mal juez. ¡Sus valoraciones son tan equivocadas! Pero él no se da cuenta, ya que está ocupado en su propia arrogancia.

Dejemos entonces de lado al juez por un rato, y veamos a la viuda. Su constancia en la lucha por la justicia se parece más a Dios que el comportamiento del juez del relato. Así como ella fue a ver al juez una y otra vez para buscar justicia, así Dios ha constantemente buscado a la humanidad. La historia de nuestra debilidad y de nuestra vulnerabilidad, así como el deseo de Dios de reconciliarnos y salvarnos, es como un hilo rojo que recorre nuestra relación amorosa con Dios. Siempre que la distancia entre Dios y la humanidad crecía hasta convertirse en una amenaza contra el amor, Dios se manifestaba dando uno o más pasos para acercarse a nosotros. Hasta manifestarse como un pequeño niño recién nacido en un pesebre.

Por lo que sabemos del juez, no sorprende que ignorara a la viuda y se negara a darle aquello a lo que ella tenía derecho. Aun cuando él hace lo que ella le pide, no es por causa de la justicia sino para salvar su propio pellejo. “No sea que viniendo de continuo me agote la paciencia”- la palabra griega que se usa aquí viene del mundo del boxeo. Literalmente significa “no sea que me pegue debajo del ojo”. O sea, él no quiere andar por ahí con un moretón en la cara. Él quiere verse bien. Eso es lo que le motiva.  Por la ignominiosa causa de no pasar vergüenza la viuda recibe por fin justicia.

La oración de la viuda no es una oración callada, en silencio, en la intimidad.  Ella ora con todo su cuerpo- con sus pies y manos, con su cabeza y corazón. Ella piensa y siente, ella corre y grita.

Para las personas que escuchaban a Jesús contar esta historia, la persona de la viuda era bien conocida. Las viudas estaban entre las personas más vulnerables, tanto económicamente como socialmente. Muchas perdían todas sus pertenencias porque todo lo que tenían volvía a la familia del difunto marido. Así se volvían marginalizadas y pobres, y justamente por esta causa, eran objeto del cuidado social. Normalmente ellas podían influir solamente dentro del hogar, alejadas de la vida pública y sin influencia social.

Cuanto más miro a la viuda, más veo a Dios en ella. Dios como la viuda de nuestro tiempo- Dios marginalizado en gran manera, Dios más presente en el hogar de los que viven con pequeños margines económicos que en el hogar de los ricos. Dios vulnerable ante los ataques fríos y malvados de jueces injustos- que en nuestro tiempo a menudo lanzan sus ataques desde el ciberespacio y que caen como flechas en el corazón de las personas.

Dios como viuda es Dios confinado a la esfera del hogar, a lo privado. En mi país, Suecia, se dice a menudo que la religión es tu tema privado, y únicamente privado.

Dios como viuda es el dolor de Dios ente la degradación de la justicia y de la justificación. O Dios usado políticamente para legitimar aquello que está en contra del amor de Jesucristo.

¿Dónde está entonces el Evangelio en esto- la buena nueva que hace que salgamos de este culto fortalecidas y fortalecidos y con alegría por nuestra fe? La viuda no se da por vencida. La viuda consigue cambios. No a través de la fuerza o por medios de poder. Sino con su incansable búsqueda de justicia, a pesar de su situación vulnerable.

¿Verdad que ella se parece a Dios aun en este aspecto? Dios que viene a nosotros como un niño vulnerable que yace en un establo de animales (Lucas 2:7-8), que derriba poderosos de sus tronos y eleva a los pobres (Lucas 1:52). Dios cuyo poder no obliga a nadie, sino que se revela en la cruz (Lucas 23:37), Dios quien en su muerte es reconocido como justo (Lucas 23:47)

Como la viuda, Dios es persistente y porfiado en su búsqueda de justicia. Dios viene una y otra vez, a pesar de la arrogancia que hay en nosotros, tanto en las personas como en las instituciones. Dios no se da por vencido. Existen aún muchas razones para orar. Podemos confiar en que Dios trabaja por la justicia, al igual que la viuda.

Escuchemos nuevamente al juez malo, el juez injusto: “Aunque no temo a Dios ni tengo respeto al ser humano, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia”. Hasta el juez arrogante, que no teme ni a Dios ni a los seres humanos, será vencido por el movimiento incómodo de quienes luchan por la justicia y que es característico del Reino de Dios.

Un Dios que vence a través del poder vulnerable y constante que Jesús nos mostró con su vida a través de su servicio. ¿No es esta una razón suficiente para permanecer en oración en la lucha por una paz justa? ¿Y resistir la tentación constante de perder la confianza en la bondad de Dios?

Mientras Dios se parece a la viuda, somos presionados a menudo a tomar a assumir el rol del juez. Se nos exigen continuos juicios.  Incluso a veces nos sentimos motivados y motivadas a “vernos bien”, a tener una buena apariencia. Justamente esto nos puede hacer oír las palabras de Isaías de un modo nuevo: “aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Isaías 1:17)

Defiendan a la viuda, hagan justicia por la viuda.  ¿Cómo se hace justicia por la viuda? ¿Justicia por Dios? Una respuesta es: A través de mantenernos firmes en la oración. A través de seguir trabajando por la justicia y por la paz. A través de luchar contra la tentación de perder la confianza en la bondad de Dios. Amen.

Archbishop Antje Jackelén
Church of Sweden